lunes, 11 de junio de 2007

Conversaciones de ascensor

A veces las conversaciones más insignificantes, la palabra que menos esperas oír en un lugar desconocido que olvidarás al salir, aquéllo que parece prescindible es lo que hace que sonrías y olvides todos tus pensamientos, todos los remolinos que pueblan tu cabeza y te mantienen taciturno y sin ánimos. Te entregas por un minuto a un señor desconocido, a una mujer que pasea a un perro o a un niño que está a punto de perder un balón. Les entregas esa alegría que creías olvidada, les das esa parte de ti que creías que hoy no asomaría, les sonríes y les devuelves una palabra agradable, una mirada cómplice de unión desconocida durante un instante de tu vida.

A veces esos breves y fugaces encontrones, esos segundos de huida de la vida real, convierten la realidad en un hervidero de situaciones que dan forma a los días que sólo quieres que transcurran lo más rápido posible, y ese deseo absoluto de fugacidad diaria sólo convierte las horas en eternas compañeras de un viaje interminable. Por eso, a veces, esas conversaciones de ascensor son la salvación de una rutina insoportable. Son la vía de escape y el desahogo de dos desconocidos que se convierten en "íntimos amigos" compartiendo sus quejas, frustraciones o logros de un día en el que les tocó subir o bajar en la misma caja cuadrada. Durante los segundos/minutos que dura el viaje a lo desconocido olvidamos lo terrenal para ir más allá, para seguir adelante en un día que hasta ese instante no había sido más que la repetición incondicional de un ayer ya olvidado.

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